miércoles, 15 de julio de 2015

La tesis (y III)


Por un momento pensé que aquello era una broma. Miré a la librera, que esperaba pacientemente mientras yo hojeaba los libros.
-Esto... esto no es posible. Este libro... ¿ de cuándo es?
La mujer tomó el volumen de mis manos y abrió la última página, donde se leía "Este libro se terminó de imprimir el 11 de enero de 2015".
-A principios de año.
-Ya veo- respondí como si aquello lo aclarara todo. Leí por encima el primer capítulo y reconocí mis palabras en esa parte que ya tenía terminada. Sin embargo, al avanzar en el libro, vi que había capítulos que yo aún no había ni siquiera empezado, pero que seguían el esquema y las ideas que tenía esbozados. Las oraciones expresaban a la perfección conceptos e imágenes mentales que yo no había verbalizado pero que estaban en mi cabeza en bruto, aún por pulir, como parte del trabajo previo  de organización, conceptualización y análisis. Reconocía mi estilo en ellas pero también me percataba de que eran el resultado de una calculada reflexión. ¿Quién había escrito que libro? O mejor dicho, ¿quién había escrito "mi" libro? En lugar de preguntarle de nuevo a la librera, que me contestaría alguna obviedad, abrí la solapa del libro, en donde una fotografía en blanco y negro de mí en pose pensativa e intelectual me contestó de forma gráfica. Abajo, unas breves líneas resumían mi trayectoria académica y profesional (qué triste, que tu vida pueda simplificarse en cuatro o cinco datos puntuales). Sin lugar a dudas, sin saber muy bien cómo ni por qué, yo era el autor del libro.
Agradecí a la librera su ayuda y me llevé todos los libros que me había mostrado, sin detenerme demasiado a mirarlos, huyendo casi como un ladrón con su botín a cuestas. El plan que empezaba a urdirse en mi cabeza me hizo sentir culpable, pero por mucho que intenté disiparlo, volvía a formarse como un nimbo denso que el viento no consigue arrastrar.
Cuando llegué a casa esa noche, tras un intenso viaje en tren que me permitió volver a repasar las maravillas que había comprado, encendí el ordenador y abrí la tesis por la página en la que me había quedado atascado unos días antes, punto en el que no conseguía expresar de forma correcta una apreciación sobre el estilo del autor que no quería que se tomara de manera categórica pero que me serviría para desarrollar el razonamiento posterior. Cogí mi libro, el que acababa de comprar, y busqué la misma página.
Allí estaba la frase perfecta. La que había estado buscando durante más de una hora sin conseguirlo y que fluía con sencillez en la página, ajena a la dificultad que había supuesto crearla. Transmitía a la perfección mi intención, dejando ver que se trataba de una suposición pero que parecía justificada, y enlazaba con la explicación que la seguía como si fuera parte del mismo desarrollo lógico. Eso era lo que yo había querido decir, y de hecho lo había dicho, pues escrito estaba. Así que sin rubor y convenciendo a mi conciencia de que no existía ningún dilema ético, fusilé el párrafo con la seguridad de que no vulneraba ningún derecho de autor más allá del mío.
Ni que decir tiene que no me detuve en aquel párrafo y que seguí hasta copiar el capítulo entero y los posteriores. Tuve que detenerme en ocasiones y buscar las referencias que se apuntaban y las obras que se citaban para comprender algunos pasajes, pero siempre, tras aclarar los comentarios y las alusiones, tenía que admitir que eran las mismas aportaciones que habría hecho yo mismo y las conclusiones a las que habría llegado.
Al terminar de copiar (y de entender) la parte final del trabajo tras una semana de intenso trabajo, hice lo mismo con todo lo anterior, ya que encontré algunas adicciones y correcciones que se me habían pasado por alto pero que mi libro sí contenía. Qué suerte tenerte a ti mismo para hacer ese trabajo tan pesado y agotador como es revisar una tesis.
Mi directora se sorprendió de que le presentara tres capítulos de golpe, y también de encontrar pocos comentarios que hacerles. Muchas de las cosas que se le ocurría apuntar aparecían dos líneas más abajo o en el párrafo siguiente, al igual que las referencias bibliográficas que me aconsejaba revisar para un apartado o sección concreta: ya estaban recogidas en las notas a pie de página o en el cuerpo del texto. Me felicitó por el trabajo y me informó de que estaba listo para defenderla.

Dicho todo esto, y sabido de antemano todo el trabajo que supone emprender un proyecto como este, recomiendo a cualquiera que esté pensando en el descabellado propósito de escribir una tesis que, antes de meterse de lleno en el proceso, se pase por la librería de Madrid por si encuentra su trabajo ya publicado y se ahorra así gran parte de la tarea.


lunes, 13 de julio de 2015

La tesis (II)


Recientemente estuve en Madrid para consultar en la Biblioteca Nacional algunos volúmenes para la tesis. Aproveché la ocasión para recorrer algunas de esas librerías maravillosas que ya conocía de visitas anteriores y varias librerías de viejo donde comprar obras del período en que estaba trabajando. En uno de esos paseos me encontré con una en la que jamás había entrado. Se encontraba en una bocacalle de la calle del Pez, oculta en un estrecho recodo entre un bar y una pequeña tienda de ultramarinos. Me llamó la atención porque los volúmenes expuestos en el escaparate no eran los más vendidos del momento sino clásicos en cuidadas ediciones, ensayos de historia y filosofía, libros ilustrados para niños de un gusto exquisito y una cuidada selección de libros antiguos de títulos atrayentes. Así que me decidí a hacerle una visita rápida.
Al entrar en la librería, me sorprendió la engañosa ilusión del escaparate, que por su estrechez hacía pensar en un local diminuto; pero en los edificios antiguos, el trazado irregular de los solares permite la existencia de insospechados espacios de una profundidad angosta e inabarcable, como si la tienda hubiera crecido sin control invadiendo el espacio disponible en edificios colindantes. Había estanterías que llegaban hasta el techo, y la disposición anárquica de los anaqueles, sin orden y aprovechando el más mínimo espacio libre, creaba una sensación de horror vacui que me resultaba placentera por deberse al alud de libros que la provocaba. Una anciana señora de mirada torva leía un libro de aportas en francés detrás del mostrador, y levantó los ojos del libro con parsimonia, convencida de que la llegada de un hipotético cliente no era motivo suficiente para abandonar la lectura.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
-¿Qué desea?
-No conocía esta librería- comencé de un modo estúpido, un poco cohibido por su pregunta seca y directa.
-Llevamos aquí más de cien años. ¿Busca algún libro en concreto? No tenemos muchos libros de literatura actual, no sé si podremos satisfacerle.
Me ofendió que pensara que yo era un consumidor de novelas de piscina, y respondí a la defensiva:
-Ya me he dado cuenta, por eso he entrado.
Solo entonces se quitó ella las gafas y me miró por primera vez con interés, como si yo fuera realmente una persona. Quizás sí me trataba de un cliente potencial.
-¿Sí? ¿Y qué busca usted?
-Pues, básicamente, bibliografía sobre teatro.
-¿Sobre historia del teatro, práctica teatral, teoría teatral, semiótica teatral, un período concreto, un autor determinado? ¿En español, en inglés, en francés, en alemán, en italiano, en portugués?- preguntó la retahíla sin pausa pero sin aceleración, repitiendo un listado bien aprendido que le aburría reproducir.
-Pues... sobre teatro de principios del siglo XX en España.
-¿En castellano o catalán?
-En castellano. Teatro simbolista y de inicios de la vanguardia. Teatro renovador, pero nada de Lorca ni de Valle, por supuesto.
-¿Autores?
-Pues... si tuviera algo de José Francés y Tomás Borrás... También me serviría bibliografía sobre Martínez Sierra, Manuel Abril, Sassone...  
-Déjeme ver.
Se dio la vuelta y me dejó ante el libro abierto que acababa de soltar. Mi deformación profesional me hizo fijarme en él: estaba escrito en griego con explicaciones en francés, y me entretuve intentando descifrar el texto visto del revés. A punto estaba de comprender la primera línea cuando la señora se presentó con una pila de libros que le ocultaban la cara. No dio muestras de costarle trabajo transportarlos, y los depositó en el mostrador sin esfuerzo. 
La mayoría eran ediciones desconocidas para mí, tan desconocidas como que hasta entonces había pensado que aquellas piezas nunca se habían editado y que habían quedado inéditas en vida de sus autores. Busqué los años de edición y se remontaban a la época de mayor producción de sus autores. Me temblaban las manos y la mujer me preguntó:
-¿Le interesa alguno?
Asentí sin mirarla, puesta toda mi atención en aquellas portadas descoloridas por el tiempo y en su contenido desconocido e ignorado por mí hasta un minuto antes.
-Tengo también varios volúmenes de crítica y teoría que tal vez le interesen.
Volví a asentir, apenas consciente de lo que me decía, y a los poco minutos se presentó con una nueva pila. Teatro simbolista en España. Los grandes desconocidos, El otro teatro modernista, La escuela del Teatro del Arte. (1916-1925). Autores y obras... Estaban publicados en editoriales que no había oído en mi vida, pero el contenido era muy valioso. Muchos de los autores me eran desconocidos, pero sus trabajos venían prologados por especialistas indiscutibles en la materia. Contenían abundante bibliografía, mucha de ella reciente, notas a pie de página ¡y todos los volúmenes estaban indexados! Eso facilitaría mi búsqueda una barbaridad, se agradecía enormemente. ¿De dónde habían salido aquellos libros? ¿Por qué no habían aparecido en las listas de novedades que me llegaban a diario al correo? ¿Cómo no había saltado ninguna alarma ni los había encontrado en las exploraciones que regularmente realizaba en la bases de datos? Pero la sorpresa mayor me la deparó el último volumen. Se titulaba Tendencias renovadoras del teatro español del primer tercio del siglo XX: José Francés y Tomás Borrás. El mismo título que mi tesis. Pero no acababan ahí las coincidencias. El autor era yo mismo.


Seguirá...


sábado, 11 de julio de 2015

La tesis (I)


Escribir una tesis tiene mucho de novela negra. Uno tiene que investigar, encontrar referencias, hallar pistas e indicios de otros autores, leer mucha bibliografía, seguir rastros que llevan a un callejón sin salida, volver al camino recorrido y observar de nuevo lo que tienes ante los ojos con una perspectiva distinta que te permita descubrir algo que en una primera lectura había pasado desapercibido. Y en muchos casos se consigue, tras mucho indagar, descubrir al asesino.

Una parte importante del proceso (una de las que más, precisaría yo), es la búsqueda de una bibliografía adecuada. Para encontrarla, se puede recurrir a tres métodos:

a) La recomendación de un entendido en la materia, que suele ser la más canónica y con la que habitualmente se comienza cualquier investigación. El director (o directora, que ya sabemos que el masculino es el género no marcado), sugiere una bibliografía básica para comenzar el trabajo ("toma, léete todo esto") y uno corre a la biblioteca a sacar todos los títulos listados, que suelen ser más de veinte.

b) Las citas que aparecen en la bibliografía con la que trabajamos, que nos permite ir ampliando la red de referencias que se urde a partir de las primeras que tuvimos (la lista inicial) a modo de esquema arbóreo, pues de cada volumen salen bastantes referencias útiles y libros y artículos que se pueden consultar. Sin embargo, este esquema se va complicando a medida que avanza nuestra investigación y se convierte en un diagrama de flujo complejo donde en algunos acasos las citas se cruzan, las llamadas se repiten y el entramado de vuelve confuso con tanto ir y venir de líneas; además, llega un momento en que es difícil abrir nuevas ramas en un sistema tan centrado en sí mismo que se retroalimenta de sus propias partes (i.e., el mundo académico). Es por ello que se hace necesario volver a la recomendación de un entendido que permita un injerto en nuestro esquema que le aporte savia nueva o bien pasar al tercer método.

c) La búsqueda aleatoria, libre, aterradoramente amplia. Escribir "Lope de Vega" en el catálogo de la universidad e ir revisando uno a uno todos los volúmenes, todos los artículos indexados, todas las actas de congresos que aparecen, y luego repetir el proceso en buscadores de publicaciones especializados, en otras bibliotecas, en bases de datos digitales, en repositorios universitarios, en la Biblioteca Nacional, en google, y cómo no, la última opción, la búsqueda de campo en las librerías.

Ir a las librerías en busca de bibliografía se parece a ir de rebajas. No se puede ir con una idea preconcebida ni con la firme determinación de comprarse un pantalón de vestir azul marino sin pinzas (por poner un ejemplo); solo con una mente abierta, dispuesta a aceptar que podemos encontrar cualquier cosa, permite salir airoso de una situación semejante. El concepto es "a ver qué me encuentro". Y así se encuentran tesoros inesperados.

Hay librerías donde por definición no se entra cuando se está inmerso en estas exploraciones de campo porque en ellas no se puede encontrar nada útil para nuestra investigación. Son las típicas librerías bien iluminadas, funcionales y modernas, adecuadas para adquirir el último éxito del verano, la novela histórica de moda, libros de cocina surgidos de un programa de televisión o autobiografías de famosos [sic]. En estas librerías difícilmente se encuentra algo que nos sirva para descubrir nuevas pistas. 

Son en cambio un filón las pequeñas librerías especializadas, las atestadas de libros, con poca ventilación, en calles poco transitadas y con un ingente depósito en un almacén escondido al fondo, que se estira y amplía como el estómago de Gargantúa. Encontrar por casualidad uno de estos establecimientos alegra el corazón: es una joya oculta que invita a la exploración.

Una de estas librerías ha sido fundamental para la finalización de mi tesis, pero ya hablaré de ella en la próxima entrada.


Diez meses y once días

Ha sido una ausencia larga; las circunstancias lo requerían. Acabar la tesis era una prioridad, y aunque no he dejado de leer (eso es innegociable), sí he dejado de escribir por aquí. Que no de escribir, pues se trata de una necesidad y no puede controlarse. Además, la tesis también cuenta, aunque no sea ficción (o sí), ni reseña de un libro, ni de una película, ni nada parecido. Solo que no es lo más adecuado para este rincón.

Eso sí, mi lista de escrituras pendientes es larga. He ido anotando cosas sobre las que necesito hablar, relatos, cuentos y demás. Irán apareciendo poco a poco, y recuperaremos el ritmo habitual (¿una entrada a la semana no sería perfecto?). Mi propósito para el verano es desempolvar el blog, desentumecerlo y devolverlo a la vida. Y seguir con Hiperión. Quienes lo conocéis, ya sabéis de qué se trata. El resto, ya lo verá.

Un placer estar de vuelta.

sábado, 30 de agosto de 2014

Der Jasager y Tomorrow belongs to me




La colaboración entre el músico alemán Kurt Weill y el dramaturgo Bertolt Brecht no se limitó a las famosas Ópera de los tres centavos (Die Dreigroschenoper, 1928) y Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny (Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny, 1930), sino que también escribieron en colaboración otras piezas de gran valía como la cantata Réquiem berlinés (das Berliner Requiem, 1928), la comedia musical Final Feliz (Happy End, 1929) o el ballet cantado Los siete pecados capitales (Die sieben Todsünden, 1933). Entre esas piezas menos conocidas he tenido la suerte de encontrarme con una pequeña obra, de apenas media hora de duración, titulada Der Jasager (que significa "El que dice sí" o "El afirmador", y que en la colección de Teatro Completo de Brecht editada por Alianza y Cátedra se titula El consentidor). La puedes escuchar aquí.

La obra marca el fin del período de colaboración más intensa entre los dos artistas (entre 1927 y 1930) y es la última que escriben en la república de Weimar. Habrá que esperar hasta el exilio para que sus caminos vuelvan a encontrarse tres años después en París, donde se estrenará Los siete pecados capitales, broche final del tándem creativo. Muchas cosas habrán cambiado en esos tres años, como la subida de Hitler al poder y un cierto distanciamiento entre las posturas ideológicas de ambos; pero no conviene adelantar tanto...

Der Jasager está basada en una pieza de teatro nō japonés titulada Taniko. Arthur Waley la tradujo al inglés, y Elisabeth Hauptmann, que por aquel entonces era amante de Brecht, le mostró la pieza al dramaturgo. Mucho se ha escrito sobre el papel de colaboradora que Hauptmann tuvo en la obra de Brecht (tradujo gran parte de The Beggar's opera que sirvió de punto de partida para Die dreigroschenoper, colaboró también en Mahagonny y en la versión primitiva de Happy End) y aún hoy en día se discute si algunas de estas colaboraciones no fueron sino trabajos que Brecht firmó pero que escribió ella.  Fuera obra de Hauptmann o de Brecht, lo cierto es que el texto de Der Jasager sigue casi palabra por palabra la traducción inglesa hecha por Waley. 

El argumento de la pieza es muy sencillo: en el primer acto, un profesor se propone viajar a  una ciudad más allá de las montañas para buscar medicinas y médicos que puedan ayudar a curar una epidemia que asola al pueblo donde vive. Pero antes debe visitar a un alumno que hace días que no acude a clase. Al llegar a la casa, el chico le explica que su madre viuda está enferma y que no ha podido dejarla sola. La mujer lo recibe en la cama, y el profesor le cuenta sus planes de viaje. El niño se ofrece voluntario para acompañarlo; el profesor le explica que se trata de un viaje duro y peligroso y que es mejor que se quede con su madre. Pero el chico insiste: debe buscar medicinas para ella. Ante su firmeza, la madre le da permiso y el chico parte con el profesor. En el segundo acto, la expedición, formada por varios estudiantes, el profesor y el chico, se detiene antes de pasar la cresta superior de la montaña. El chico está agotado por la ascensión, y los estudiantes temen que esté enfermo. De ser así, no podrá pasar la cresta, estrecha y de difícil tránsito. El chico murmura que está cansado y el profesor le contesta con cierto desagrado que ya sabía de antemano que se trataba de un viaje muy duro. El chico empeora; los estudiantes intentan en vano cruzar la cresta llevándolo en brazos pero no lo consiguen. No pueden avanzar pero tampoco pueden quedarse allí con el chico pues deben ir en busca de las medicinas. El dilema les lleva al cumplimento de una costumbre conocida por todos: cuando alguien enferma y no puede seguir al grupo, es dejado atrás para no perjudicar a los demás. Pero antes se le plantea al enfermo una pregunta, que tradicionalmente se contesta siempre de forma afirmativa: ¿Estás de acuerdo en que te abandonemos? El chico responde que sí; los estudiantes explican que no deben dejar al chico moribundo en la montaña. La costumbre establece que hay que arrojarlo al profundo valle para darle muerte. Así lo hacen y lo cubren de piedras planas y terrones de tierra antes de seguir su camino.

Musicalmente, la obra presenta una sobriedad que contrasta con otras obras de Weill; aunque se aprecia el gusto del músico por los ritmos marcados (el coro de entrada sirve de ejemplo)  la mayor parte de la ópera se basa en el canto y en el obstinato de un instrumento que sirve de apoyo; la orquestación es muy sencilla, sustentada principalmente en el acompañamiento de piano y viento (flauta, clarinete y saxofón alto). La orquesta al completo se reserva para las intervenciones del coro y los concertantes que coinciden con los momentos más dramáticos (los finales de los dos actos). Las intervenciones del chico (papel cantado por un niño soprano) son muy emotivas por su simplicidad y lirismo; las del coro, de raigambre clásica, comentan con gran efectismo los acontecimientos (el accidentado viaje, el heroico final del chico precipitado al vacío).

La escucha de esta pequeña "ópera escolar" sobrecoge por la crueldad de su planteamiento. Las enseñanzas de origen budista que encierra (el sacrifico en favor de la comunidad, la aceptación de las costumbres como leyes inmutables, la necesidad de aplicarlas sin ningún tipo de reflexión) hacen pensar en el auge de los totalitarismos que seguirán unos años después. Brecht recibió duras críticas y por ese motivo la revisó, dulcificando su contenido (el argumento aquí resumido corresponde a la segunda versión), y  la completó con otra obra, Der Neinsager ("El que dice no") que sirve como antítesis de la anterior. Sin embargo, la segunda pieza nunca fue musicalizada por Weill.     

El asunto presenta no pocos puntos de discusión; como analiza Erika Hughes (2010), la primera polémica es la traducción del texto. Pensemos que la obra original, Taniko ("El lanzamiento al valle"), escrita en el siglo XV,  poseía un fuerte contenido religioso;  los miembros de la expedición eran peregrinos que iban camino de un templo en la montaña. La costumbre que debían seguir era un rito de purificación: ningún enfermo podía alcanzar la cima porque se trataba del dominio de los dioses, limitado únicamente a los seres puros. El peregrino que se arroja al valle realiza un acto de auto-sacrificio pues no cumple la condición necesaria. La obra concluía con la oración del resto de los peregrinos, que pedían la salvación del chico. Su plegaria era escuchada, y un Espíritu se elevaba llevando el cuerpo del muchacho, premiando su sacrificio. Este pasaje final desaparece en la traducción inglesa de Waley, que lo limita a una nota a pie de página; la intención del inglés era resaltar la crueldad de ciertas normas religiosas, tesis que contiene su versión. Cuando Brecht, a partir de la traducción de Hauptmann, escribe su propia versión de la historia, elimina de ella cualquier referencia religiosa.  Nada queda de los peregrinos, ni del templo, ni de los dioses ni  del Espíritu salvador. La Religión ha sido sustituida por la Ciencia (los médicos y las medicinas) aunque no quede clara cuál es el sustento ideológico que justifica la existencia de la costumbre. 

Esa "costumbre" se convierte en la Ley que hay que cuestionar en Der Neinsager, obra complementaria de la primera y que Brecht presenta como antítesis siguiendo la dialéctica hegeliana. La obra es idéntica a la anterior, con la única diferencia de que, cuando llega el momento de responder a la fatídica pregunta ("¿Estás de acuerdo en que te abandonemos?"), el chico responde no. Entonces los estudiantes y el profesor discuten qué hacer. El chico explica que las circunstancias han cambiado y propone seguir una nueva costumbre: reflexionar en cada situación para decidir cómo actuar según las circunstancias. Convencidos por las palabras del chico, el grupo vuelve al pueblo con el enfermo, sin importarles el escarnio o las burlas que puedan hacer de ellos al llegar. 

Brecht no presentaba esta segunda versión como la definitiva; siguiendo sus ideas marxistas, debían cuestionarse ambas posturas, tanto el sí como el no, para llegar a una síntesis final donde el juicio propio determinara cuál es la respuesta correcta. En ello además jugaba un papel fundamental su idea de "teatro didáctico". Según Brecht, el "teatro didáctico" es un método de aprendizaje perfecto, pues los estudiantes participan en la creación de la obra al tiempo que la observan. El "teatro didáctico" se basa en el ensayo, pues la representación ideal es una continua revisión del proceso, del que se aprende y con el que se sigue trabajando. Por ese motivo, del mismo modo que se cuestiona la dialéctica actuación-dirección, audiencia-actor, o lectura-representación, que se diluyen con este método, también se puede discutir la antítesis sí-no contenida en ambas piezas. Se pueden leer los diversos artículos dedicados al tema y los propios textos teóricos de Brecht dedicados al "teatro didáctico", sobre lo que no me quiero extender demasiado. Pero lo que está claro es que una cosa son las intenciones teóricas de Brecht, muy interesantes desde el punto de vista pedagógico y teatral, y otra muy distinta la percepción del público y de la crítica. Ese mismo año Brecht realizaría otra obra en colaboración, La medida (Die Massnahme), una "cantata didáctica" con música de Hanns Eisler, con quien se sentía más afín tras las desavenencias con Weill y Hindemith, con quien también había colaborado. En este caso, las críticas lanzadas a Der Jasager, que se relacionaban con la sumisión personal a las divisas comunistas, están más que justificadas: cuatro camaradas de viaje a China deben asesinar a otro compañero para cumplir su misión. La ejecución y posterior ocultamiento del cadáver (plan en el que colabora la propia víctima), ensalza la desaparición del individuo en favor de la colectividad, exaltando una de las máximas estalinistas. No toda la crítica está de acuerdo en relacionar el argumento y sentido de las dos piezas, pues según una explicación posterior de Brecht, la costumbre que se debe cuestionar en Der Jasager / Der Neinsager es el orden burgués, aunque cualquier espectador con cierto sentido crítico podría replicar que la obra puede dirigir su parábola contra todo modo de autoritarismo, sea burgués o proletario, más allá de la intención originaria de su autor.

Como decía al principio, la escucha de la obra sobrecoge por el mensaje que contiene; pensemos además que tuvo un éxito enorme, más de trescientas representaciones en los tres años siguientes en colegios e institutos (pues fue la condición que pusieron Weill y Brecht para ceder los derechos de la pieza por muy poco dinero), llevadas a cabo por grupos de escolares. Fue una pieza bien conocida por la juventud de comienzos de la década de los 30, y el mensaje de sumisión, aceptación de las normas impuestas y disolución de la identidad propia calaron en los adolescentes, como se demostró desgraciadamente unos años después.

Sin ir más lejos, al terminar de escuchar la pieza, me vino a la memoria uno de los pasajes más estremecedores del musical Cabaret, el momento en que un chico canta un himno en un merendero campestre, rodeados de familias que disfrutan del día de descanso. Lo que comienza como una espontánea muestra de alegría se convierte en una manifestación de euforia colectiva con visos de locura, ante la mirada aterrada de la única persona que no se levanta ni participa en el canto, un anciano con gafas. Puedes ver el fragmento aquí. No es difícil imaginar que ese adolescente habría podido ser aleccionado unos años antes con la representación de Der Jasager en el colegio, que no le hizo cuestionarse la ideología burguesa como pretendía Brecht sino que le hizo ver el atractivo de pertenecer al grupo y acatar sus normas sin cuestionarlas. La relación entre Der Jasager y Cabaret no es tan descabellada si pensamos que Kander y Ebb, los compositores del musical, se inspiraron en Weill y en la república de Weimar al adaptar la novela Adiós a Berlín de Isherwood de la que se extrae el argumento. 

La intención didáctica de la ópera escolar no consiguió el efecto deseado, pues aleccionó a los jóvenes alemanes en el sacrificio que muchos realizarían en la década siguiente, como el fragmento de la película refleja fielmente. La crítica debería tal vez replantearse la recepción que tuvo en su época, ya que la aparente "lección" de Der Jasager fue apoyada por grupos contrarios a la república que alimentarían la ascensión del nazismo. Sintomático es que, a pesar de su calidad musical, la obra no haya sido apenas repuesta después de 1945 y no se ha recuperado para el repertorio, como sí ha ocurrido con otras obras de Weill. Por algo será.  

domingo, 17 de agosto de 2014

jueves, 15 de mayo de 2014

Razonamiento irrefutable


PROFESOR.- El examen será el miércoles.
ALUMNA.- (zalamera) Profesor, por favor, el martes tenemos un examen de inglés muy difícil y hay que estudiar un montón, y no nos va a dar tiempo. ¿Por qué no lo pone la semana que viene?
PROFESOR.- Llevo diciendo lo del examen desde hace dos semanas. Hay que ser un poco más previsores. Cuando yo tenía vuestra edad a veces había dos o tres exámenes el mismo día y nadie se moría.
ALUMNA.- (molesta) A mí me da igual lo que hiciera cuando estaba en el instituto.
PROFESOR.- (sonriente) Y a mí me da igual tu examen de inglés. El miércoles tenemos el final y no hay discusión.