martes, 30 de agosto de 2016

La inesperada visita a San Gaetano



Habíamos dado la tarde libre a los chicos, un par de horas por el centro para que hicieran compras en los tenderetes de la Piazza dei Pitti o en los alrededores del Ponte Vecchio. En Roma no nos habíamos atrevido a hacerlo, pero las dimensiones de Florencia y su relativa seguridad permitían una mayor libertad. Además, la concentración del centro y su principal atractivo para ellos, las tiendas de recuerdos presentes en cada esquina, ejercían una atracción casi magnética sobre nuestros estudiantes, que no podían dejar pasar ni una sin olisquear dentro. Sus incursiones les permitían ejercer una habilidad que muchos de ellos acababan de descubrir: el poder orgiástico del regateo, que les llevaba a comprar cosas que ni querían por el simple reto de bajar su precio.

Y para disfrutar con tranquilidad de cada tiendecita y de cada puesto, los alumnos necesitaban tiempo suficiente; así que cuando les propusimos encontrarnos a las seis y media en la puerta del Duomo, no esperaron a que termináramos la retahíla de recomendaciones y consejos que les soltábamos a cada paso, y salieron corriendo a comprar imanes, postales y camisetas de recuerdo. Nos quedamos solos los cuatro, Carmen, Inma, Pepe y yo, y decidimos que nos pasearíamos tranquilamente por las calles menos turísticas, admirando la arquitectura y los palacios que se escondían en cada recodo de la ciudad.

Carmen nos llevó a contemplar en la Via della Vigna Nuova el palacio Rucellai, diseñado por Alberti y que había servido de modelo al resto de palacios del quattrocento de la ciudad, aunque ninguno había logrado superar su elegancia y equilibrio; hicimos multitud de fotografías, aunque ninguna conseguía reflejar la perfección del edificio, su sutil adecuación al espacio y la bella simplicidad de su diseño, nada que ver con la grandiosidad suntuosa del Palazzo Pitti o del Palazzo Medici Riccardi.

Callejeamos por los alrededores, recorrimos callejones estrechos que se abrían a vías peatonales con tiendas de diseñadores de moda, librerías de viejo y hoteles de lujo. Dimos entonces con una iglesia al doblar una esquina, con una escalinata de mármol en la entrada y una fachada de piedra cuyo tonalidad contrastaba con las esculturas de mármol que adornaban su fachada. Siguiendo nuestra tendencia durante el viaje a entrar en todo espacio que fuera gratis (premisa esencial cuando se viaja con estudiantes, que se niegan a pagar por algo que consideran un castigo), atravesamos el dintel de la iglesia, que se llamaba San Gaetano.

Por un segundo la oscuridad nos aturdió. Las recias puertas de madera no dejaban pasar la luz, y la escasa iluminación natural provenía de unas ventanas en la galería alta de la iglesia. El rosetón del altar mayor parecía cegado, pues ninguna claridad entraba en las naves a través de él. Prueba de ello eran varias velas que estaban encendidas para permitir ver en el interior; la pintura gris de las paredes tampoco ayudaba, y la penumbra cayó sobre nosotros haciéndonos creer que resultaba más densa de lo que en realidad era. A ello contribuía el incienso que inundaba el templo, con su humareda voluminosa y blanquecina que flotaba en el aire con una densidad fantasmagórica. El contraste con la algarabía del exterior era notable, y también el cambio de temperatura.

En un primer momento creímos que se estaba celebrando misa por el murmullo de voces que resonaba, y yo di un paso atrás, dispuesto a franquear la puerta de nuevo por respeto a la celebración, pero poco a poco, a medida que nuestros ojos se acostumbraron al cambio de luz, comprobamos que se trataba del rezo de rosario, que una monja sentada en el primer banco se encargaba de llevar; así que permanecimos dentro. Había dos o tres monjas sentadas en posiciones equidistantes de la bancada, y también entonces, tras unos segundos de aclimatación, reconocimos otra silueta en la capilla lateral de la derecha. Una novicia, reconocible por la toca blanca, rezaba de espaldas ante una Virgen sonrosada que por cantidad de ramos que se desplegaban a su alrededor debía contar con el fervor del barrio.

El tono de voz de la monja, al contrario de la habitual monotonía salmódica del rosario a la que estábamos acostumbrados, sonaba acelerado, bronco y un tanto agresivo. En lugar de rezar, la monja parecía estar recriminando a todos los presentes sus pecados. Las demás apenas respondían con un susurro, como si se sintieran cohibidas por la furia de la monja. Fue entonces cuando reconocí a una sexta monja, que hasta ese momento había estado camuflada entre los tonos grisáceos de las paredes, petrificada en un lateral de la iglesia a modo de columna. Cuando empezó a moverse por el pasillo en dirección a nosotros, algo inusual en su forma de moverse llamó nuestra atención, aunque no supimos muy bien qué. Como nos había ocurrido desde que habíamos entrado en la iglesia, nada se manifestaba con claridad hasta que no pasaban unos instantes, y te acostumbrabas a unos estímulos que no eran los esperados. En esta ocasión ocurrió igual. No fue hasta que la monja había avanzado la mitad de la distancia que nos separaba que nos dimos cuenta de que no caminaba. Es decir, no se apreciaba el movimiento alternativo de sus piernas debajo de su habito, sino que éste se mantenía rígido hacia abajo, con una leve oscilación hacia atrás producto del desplazamiento de la monja hacia delante, como si se deslizara sobre el suelo en lugar de andar. No se asomaban tampoco unas zapatillas al borde del suelo de manera acompasada como cabría esperar, sino que el avance de la mujer, constante e imperturbable como el primer motor inmóvil, la hacía parecer un autómata en lugar de una persona. Mi impulso repentino fue dar la vuelta y salir de la iglesia, pues en el acercamiento de la religiosa había algo perturbador y agresivo. Miré a Carmen, a Inma y a Pepe, y por su expresión comprendí que estaban de acuerdo conmigo. Habíamos interrumpido algo con nuestra entrada intempestiva, hecho que había molestado en cierto modo a la congregación. La monja seguía su avance impertérrito por el pasillo y desde la penumbra de su cofia sus ojos parecían amenazarnos.

Sin embargo, la mujer se detuvo a escasos metros de nosotros, a la altura de la novicia que rezaba delante de la Virgen. Al llegar allí se colocó a su lado y musitó una palabras mirándonos. La otra salió de su recogimiento y frunció el ceño, contrariada por algo.


 El tono de voz de la monja que gritaba el rosario subió aún más (si aquello era posible), y empezó a confundirse con el aullido de un animal congregando a la manada. El efluvio del incienso, que seguíamos sin saber de dónde procedía, aumentó su caudal y se volvió más denso, y lo vimos deslizarse por el suelo de mármol hacia nosotros. De forma instintiva retrocedimos para que el humo no nos alcanzara y nuestras espaldas chocaron con la puerta de entrada. Giramos el pomo de la puerta inútilmente y la empujamos en vano, en un intento desesperado por salir de allí. Del atrio habían surgido más hermanas que habían permanecido ocultas hasta entonces o que acababan de entrar por otro acceso desconocido. El ensordecedor grito del rosario se hacía más y más violento y vimos que la monja que se movía se caminar se dirigía directa a nosotros. Cuando estuvo a escasos centímetros de nosotros se detuvo. Y sonrió...

2 comentarios:

Elena Rodriguez dijo...

Y que paso luego? No me dejes así!

Elena Rodriguez dijo...

Y que paso luego? No me dejes así!