domingo, 16 de octubre de 2016

"Anomalisa" de Charlie Kaufman


Charlie Kaufman es un creador que no deja indiferente. Uno de los mejores guionistas actuales (piénsese en Cómo ser John Malkovich, Adaptation, ¡Olvídate de mí! o Confesiones de una mente maravillosa), debutó como director en 2008 con la terrible Sinécdoque, Nueva York (terrible por su devastador mensaje, aunque no por ello menos soberbia). Su siguiente película, Anomalisa (2015) se ha hecho esperar, pero ha merecido la pena.

La primera recomendación es ver la película en versión original. Las voces juegan un papel fundamental en la historia, y aunque ya conocemos el gran nivel del doblaje en España, es preferible disfrutar de la experiencia original. Y voy a explicar por qué.

Anomalisa nació como obra de teatro en 2005, formando programa doble con otra pieza de Kaufman titulada Hope leaves the theater. Se trataba de un concepto ideado por el compositor Carter Burwell, que buscaba crear una "obra teatral sonora", donde la música y el sonido fueran un elemento primordial. El músico, compositor de la banda sonora de varios proyectos de Kaufman, contó con la ayuda del guionista para desarrollar su proyecto. Así nació "Theater of the New Ear", compuesta por las dos piezas teatrales antes señaladas. Anomalisa se presentó en un primer momento como una obra de Francis Fregoli, seudónimo que Kaufman utilizó dando una de las claves de la película. El síndrome de Fregoli es un desorden mental que consiste en creer que todas las personas son la misma persona, solo que con diferentes apariencias. 

De ahí que una de las novedades de la película con respecto a la pieza teatral es que se haya optado por la animación stop motion en lugar de por actores reales, lo que facilita la encarnación de la mayoría de los personajes en una sola persona.  También las voces se reducen del mismo modo, y son David Thewlis, Jennifer Jason Leigh y Tom Noonan quienes encarnan en el doblaje a las figuras animadas (actores que por cierto encarnaban también todos los roles en la versión teatral, aunque su articulación fuera distinta). Hubo que reinventar en cierta medida la película, pues en la versión teatral existía una desconexión entre lo que ocurría en escena y lo que los personajes decían, aunque lo cierto es que los diálogos se mantienen casi en su totalidad.

Sin querer desentrañar el conflicto de la película y su peculiar desarrollo, solo diré que Kaufman vuelve a insistir en sus obsesiones personales: la soledad del individuo, la incomunicación o los problemas de identidad. Anomalisa ganó el Globo de Oro a la mejor película de animación el año pasado y fue la primera de su género en obtener el Gran Premio del Jurado en el Festival de Venecia. 

martes, 6 de septiembre de 2016

Scott Joplin, "Treemonisha" y los azares de la música



Es curioso cómo trabaja el tiempo, el azar y la historia para que muchas figuras queden a veces difuminadas con el paso de los años. Si pregunto quién es Scott Joplin, es probable que muy pocas personas lo conozcan. Pero si escucharan esta melodía que él compuso en 1902, enseguida la reconocerían como la banda sonora de la película El golpe. Y lo más gracioso de todo es que esta pieza, llamada The Entertainer, no fue un gran éxito en su época, como si ocurrió con otras composiciones de este músico afroamericano.

Scott Joplin es considerado uno de los padres del ragtime (ese estilo musical emparentado con el jazz que proliferó a finales del siglo XIX y principios del XX), y su mayor éxito, Maple leaf rag, lo hizo famoso y se convirtió en el modelo arquetípico de este tipo de música. Sin embargo, a pesar de su popularidad y de los importantes ingresos que le generaron sus partituras, el músico dilapidó su fortuna intentando dar a conocer su magnus opus: la ópera Treemonisha.  En ella, Joplin pretendía la fusión de la música popular americana (el blues, las raíces folclóricas de origen africano) con la tradición operística culta de origen europeo. Se trataba pues de una visión muy avanzada para su época (pensemos que la ópera Porgy & Bess de Gershwin, que se sustenta en premisas similares de fusión de tradición clásica y popular, se estrenó en 1935) que no agradaba ni a las clases altas ni a las clases populares. Joplin pidió ayuda económica a varios mecenas y a sus editores, pero tuvo que correr él solo con los gastos de edición de la partitura en 1911 y se endeudó para poder ensayar la obra en 1915. Joplin nunca la vio a representada en su totalidad: solo pudo estrenar una versión acompañada al piano, sin decorados ni vestuarios en el Lincoln Theater de Harlem, que pagó de su bolsillo. El público que acudió no fue el más apropiado para reconocer la valía de la obra.

Un año después, Joplin es ingresado en un hospital psiquiátrico a causa de la demencia que le provoca la sífilis. Muere en 1917 y su música cae en el olvido. No es hasta 1970, año en que el musicólogo y pianista americano Joshua Rifkin publica el disco Scott Joplin: Piano Rags, primer paso en recuperación del ragtime, que el nombre del fallecido compositor y sus composiciones empiezan de nuevo a sonar. El disco es un éxito de ventas y dos años más tarde, algunas de sus piezas de piano son usadas en la película El golpe, lo que termina de popularizar las pegadizas melodías de Joplin, devolviéndole el papel que se merece en la historia de la música norteamericana.

No será hasta 1972 que se estrene en su totalidad Treemonisha; con la dirección musical de Robert Shaw al frente de la Orquesta Sinfónica de Atlanta y la dirección escénica de Katherine Durham; el público de Georgia pudo disfrutar entonces de una puesta en escena que se había retrasado casi sesenta años. La obra forma parte ya del repertorio operístico norteamericano y cuenta con varias grabaciones en disco. Afortunadamente, podemos hoy en día gozar de su vitalidad y su energía.     

martes, 30 de agosto de 2016

La inesperada visita a San Gaetano



Habíamos dado la tarde libre a los chicos, un par de horas por el centro para que hicieran compras en los tenderetes de la Piazza dei Pitti o en los alrededores del Ponte Vecchio. En Roma no nos habíamos atrevido a hacerlo, pero las dimensiones de Florencia y su relativa seguridad permitían una mayor libertad. Además, la concentración del centro y su principal atractivo para ellos, las tiendas de recuerdos presentes en cada esquina, ejercían una atracción casi magnética sobre nuestros estudiantes, que no podían dejar pasar ni una sin olisquear dentro. Sus incursiones les permitían ejercer una habilidad que muchos de ellos acababan de descubrir: el poder orgiástico del regateo, que les llevaba a comprar cosas que ni querían por el simple reto de bajar su precio.

Y para disfrutar con tranquilidad de cada tiendecita y de cada puesto, los alumnos necesitaban tiempo suficiente; así que cuando les propusimos encontrarnos a las seis y media en la puerta del Duomo, no esperaron a que termináramos la retahíla de recomendaciones y consejos que les soltábamos a cada paso, y salieron corriendo a comprar imanes, postales y camisetas de recuerdo. Nos quedamos solos los cuatro, Carmen, Inma, Pepe y yo, y decidimos que nos pasearíamos tranquilamente por las calles menos turísticas, admirando la arquitectura y los palacios que se escondían en cada recodo de la ciudad.

Carmen nos llevó a contemplar en la Via della Vigna Nuova el palacio Rucellai, diseñado por Alberti y que había servido de modelo al resto de palacios del quattrocento de la ciudad, aunque ninguno había logrado superar su elegancia y equilibrio; hicimos multitud de fotografías, aunque ninguna conseguía reflejar la perfección del edificio, su sutil adecuación al espacio y la bella simplicidad de su diseño, nada que ver con la grandiosidad suntuosa del Palazzo Pitti o del Palazzo Medici Riccardi.

Callejeamos por los alrededores, recorrimos callejones estrechos que se abrían a vías peatonales con tiendas de diseñadores de moda, librerías de viejo y hoteles de lujo. Dimos entonces con una iglesia al doblar una esquina, con una escalinata de mármol en la entrada y una fachada de piedra cuyo tonalidad contrastaba con las esculturas de mármol que adornaban su fachada. Siguiendo nuestra tendencia durante el viaje a entrar en todo espacio que fuera gratis (premisa esencial cuando se viaja con estudiantes, que se niegan a pagar por algo que consideran un castigo), atravesamos el dintel de la iglesia, que se llamaba San Gaetano.

Por un segundo la oscuridad nos aturdió. Las recias puertas de madera no dejaban pasar la luz, y la escasa iluminación natural provenía de unas ventanas en la galería alta de la iglesia. El rosetón del altar mayor parecía cegado, pues ninguna claridad entraba en las naves a través de él. Prueba de ello eran varias velas que estaban encendidas para permitir ver en el interior; la pintura gris de las paredes tampoco ayudaba, y la penumbra cayó sobre nosotros haciéndonos creer que resultaba más densa de lo que en realidad era. A ello contribuía el incienso que inundaba el templo, con su humareda voluminosa y blanquecina que flotaba en el aire con una densidad fantasmagórica. El contraste con la algarabía del exterior era notable, y también el cambio de temperatura.

En un primer momento creímos que se estaba celebrando misa por el murmullo de voces que resonaba, y yo di un paso atrás, dispuesto a franquear la puerta de nuevo por respeto a la celebración, pero poco a poco, a medida que nuestros ojos se acostumbraron al cambio de luz, comprobamos que se trataba del rezo de rosario, que una monja sentada en el primer banco se encargaba de llevar; así que permanecimos dentro. Había dos o tres monjas sentadas en posiciones equidistantes de la bancada, y también entonces, tras unos segundos de aclimatación, reconocimos otra silueta en la capilla lateral de la derecha. Una novicia, reconocible por la toca blanca, rezaba de espaldas ante una Virgen sonrosada que por cantidad de ramos que se desplegaban a su alrededor debía contar con el fervor del barrio.

El tono de voz de la monja, al contrario de la habitual monotonía salmódica del rosario a la que estábamos acostumbrados, sonaba acelerado, bronco y un tanto agresivo. En lugar de rezar, la monja parecía estar recriminando a todos los presentes sus pecados. Las demás apenas respondían con un susurro, como si se sintieran cohibidas por la furia de la monja. Fue entonces cuando reconocí a una sexta monja, que hasta ese momento había estado camuflada entre los tonos grisáceos de las paredes, petrificada en un lateral de la iglesia a modo de columna. Cuando empezó a moverse por el pasillo en dirección a nosotros, algo inusual en su forma de moverse llamó nuestra atención, aunque no supimos muy bien qué. Como nos había ocurrido desde que habíamos entrado en la iglesia, nada se manifestaba con claridad hasta que no pasaban unos instantes, y te acostumbrabas a unos estímulos que no eran los esperados. En esta ocasión ocurrió igual. No fue hasta que la monja había avanzado la mitad de la distancia que nos separaba que nos dimos cuenta de que no caminaba. Es decir, no se apreciaba el movimiento alternativo de sus piernas debajo de su habito, sino que éste se mantenía rígido hacia abajo, con una leve oscilación hacia atrás producto del desplazamiento de la monja hacia delante, como si se deslizara sobre el suelo en lugar de andar. No se asomaban tampoco unas zapatillas al borde del suelo de manera acompasada como cabría esperar, sino que el avance de la mujer, constante e imperturbable como el primer motor inmóvil, la hacía parecer un autómata en lugar de una persona. Mi impulso repentino fue dar la vuelta y salir de la iglesia, pues en el acercamiento de la religiosa había algo perturbador y agresivo. Miré a Carmen, a Inma y a Pepe, y por su expresión comprendí que estaban de acuerdo conmigo. Habíamos interrumpido algo con nuestra entrada intempestiva, hecho que había molestado en cierto modo a la congregación. La monja seguía su avance impertérrito por el pasillo y desde la penumbra de su cofia sus ojos parecían amenazarnos.

Sin embargo, la mujer se detuvo a escasos metros de nosotros, a la altura de la novicia que rezaba delante de la Virgen. Al llegar allí se colocó a su lado y musitó una palabras mirándonos. La otra salió de su recogimiento y frunció el ceño, contrariada por algo.


 El tono de voz de la monja que gritaba el rosario subió aún más (si aquello era posible), y empezó a confundirse con el aullido de un animal congregando a la manada. El efluvio del incienso, que seguíamos sin saber de dónde procedía, aumentó su caudal y se volvió más denso, y lo vimos deslizarse por el suelo de mármol hacia nosotros. De forma instintiva retrocedimos para que el humo no nos alcanzara y nuestras espaldas chocaron con la puerta de entrada. Giramos el pomo de la puerta inútilmente y la empujamos en vano, en un intento desesperado por salir de allí. Del atrio habían surgido más hermanas que habían permanecido ocultas hasta entonces o que acababan de entrar por otro acceso desconocido. El ensordecedor grito del rosario se hacía más y más violento y vimos que la monja que se movía se caminar se dirigía directa a nosotros. Cuando estuvo a escasos centímetros de nosotros se detuvo. Y sonrió...

lunes, 8 de agosto de 2016

Alan Turing y Enigma por partida quíntuple



Con un año de retraso he visto Descifrando Enigma, la película inglesa que obtuvo ocho candidaturas a los Oscars y que acabó ganando la de guion adaptado. Una amiga me la recomendó hace unas semanas y su presencia en la lista de novedades en Netflix me convenció para verla.

A pesar de las polémicas que ha levantado la película (la escasa relevancia que se da en la historia a la condición de homosexual de Turing y la libertad con que se ha abordado su relación con Joan Clarke), me ha parecido una película destacable, con una magnífica ambientación y un trabajo excepcional de los actores, no solo de los dos protagonistas sino de todo el grupo de científicos y militares que integran el equipo que trabaja en Bletchley. Recordé entonces que hace unos años vi otra película, Enigma (2001), basada en los mismos acontecimientos históricos pero que se permite mayores libertades en relación a la realidad de lo ocurrido. No debemos olvidar que todo esto no se trata más que de ficción (por mucho que al principio nos deslumbren con el consabido "Basado en hechos reales" que intenta aumentar nuestra empatía), y que el ritmo narrativo debe primar sobre la veracidad histórica, y que la confrontación final de los personajes es esencial en una película aunque quizás nunca llegara a producirse en la vida real. Todo esto no quita para que Descifrando Enigma no suponga un sentido homenaje a la figura del matemático, que vivió unas circunstancias muy difíciles por la época que le tocó vivir, y que nos haga reflexionar sobre la cercanía de muchas de las injusticias que refleja, no solo en cuanto a los homosexuales sino también a la mujer y su papel activo en la sociedad.

Volviendo al tema de Turing y del código Enigma, esta historia y alguna de sus ramificaciones son objeto de esa partida quíntuple de la que hablo en el título de esta entrada; precisamente David Leavitt (escritor estadounidense de producción irregular pero que me gusta seguir desde que leí su fantástica novela Martin Bauman) escribió una biografía sobre Turing en 2005 titulada Alan Turing. El hombre que sabía demasiado, que está publicada en la editorial Antoni Bosch. Cierto que el centenario del científico ha provocado una avalancha de libros sobre el tema, pero este es una lectura entretenida y amena para un primer acercamiento. 

La cuarta bifurcación es la serie inglesa The Bletchley Circle, tres breves temporadas de en total 7 episodios, que narra las aventuras de cuatro mujeres inglesas a comienzos de los cincuenta que investigan una serie de crímenes. Las cuatro formaban parte de los equipos de descodificadores que trabajaron en la fábrica Bletchley durante la II Guerra Mundial, y una vez acabada la guerra, han vuelto a la vida civil sin que nadie sepa cuál fue su verdadera labor durante la contienda. Es muy interesante precisamente por el papel que la mujer jugó durante la ofensiva pero que perdió una vez alcanzada la paz, volviendo a su rol tradicional; este retroceso provocó no pocos conflictos internos en esas mujeres que habían alcanzado una independencia importante y que la vuelta al orden establecido les había arrebatado. Las protagonistas, que se reúnen después de años sin verse, deben mantener sus investigaciones ocultas pues su antiguo trabajo es secreto de estado. De nuevo, como es habitual es la series británicas, una ambientación muy lograda y un trabajo impecable de las actrices

La última referencia a Alan Turing es el disco homenaje grabado por el dúo pop español Hidrogenesse titulado Un dígito binario dudoso. Recital para Alan Turing (2012), que recorre a lo largo de ochos canciones momentos cruciales en la vida del matemático; el disco recibió el premio Disco del Año Nacional de la revista Rockdelux y el de Mejor Álbum de Música Electrónica de los Premios de la Música Independiente; los catalanes, sin abandonar la ironía que los caracteriza, firman un disco sin embargo más serio y por momentos amargo de lo que acostumbran. Un proyecto curioso que no es habitual en nuestro panorama musical.  


lunes, 25 de julio de 2016

Planes de verano


Todos los veranos están llenos de buenas intenciones, aunque lo mejor es no ponerse unas metas muy altas para luego no defraudarse. Empezando porque el cansancio acumulado se hace notar y el cuerpo y la mente necesitan un cambio de aire, una ruptura que varíe el panorama. Este año no habrá intensivos de ningún idiomas, ni cursos, ni planificaciones muy estrictas sobre productividad (que ya nos conocemos)... El mes de julio ventilado con las oposiciones tampoco deja lugar a muchas opciones, pero tampoco me quejo. Habrá viajes, visitas de amigos que hace mucho que no nos ven, mañanas tranquilas y tiempo para pensar.

Y leer, cómo no. Como si de un escaparate televisivo se tratase, he ordenado mi mesa (un totum revolutum hasta ayer) y he colocado los libros que tengo intención de leer en lo que me queda de verano. Lecturas pendientes, algunos libros aún por sacar de su funda de plástico, publicaciones que llevan meses esperándome. Aparte, por supuesto, de la escritura, que he tenido algo olvidada muy a mi pesar este año: algo que no volverá a repetirse en el siguiente, os lo seguro.

domingo, 3 de enero de 2016

"Cómo defender a un asesino"

I

La serie Cómo defender a un asesino es una entretenida "guess who" que se desarrolla en una facultad de derecho norteamericana. La protagonista, Annalise Keating (interpretada por Viola Davis), es una prestigiosa abogada que también da clases en la universidad. Su asignatura es "Introducción al Derecho Penal", o como ella misma la llama "Cómo defender a un asesino" (aunque en realidad el título original es How to get away with murder, expresión mucho más precisa, que podríamos traducir por "Cómo irse de rositas" -si optamos por una traducción de la idea a nuestro idioma-, pero que como título de serie es un poco naif). Quizás la serie debería haberse llamado en español "Cómo librarse de un asesinato", pues la idea que subyace en cada uno de los casos defendidos por Annalise es que la mayoría de las veces los acusados son culpables, y solo necesitan una buena defensa para salir indemnes.

Semejante planteamiento nada tiene que ver con las series judiciales al uso donde idealistas abogados defienden causas imposibles donde desvalidos ciudadanos son pisoteados por grandes corporaciones o ricos prepotentes con recursos. Al contrario, en Cómo defender a un asesino, los personajes se mueven por un terreno indefinido entre lo correcto y lo incorrecto y ofrecen claroscuros interesantes que los alejan de las tópicas visiones de jóvenes que quieren cambiar el mundo a través del Derecho. Ese es uno de los grandes aciertos de la serie, que permite ver la evolución de cinco estudiantes de primer curso, elegidos por Annalise para trabajar como becarios en su bufete, y que la ayudarán en los casos que se resuelven en cada capítulo. Junto a este recurso episódico, la serie sigue la investigación de un caso más mediático, la muerte de una joven estudiante de la universidad, al tiempo que se intercalan, a modo de flash-forward, los sucesos protagonizados por estos cinco estudiantes la noche de la fiesta más importante del campus, en la que dieron muerte a alguien y deben deshacerse del cadáver. No estoy destripando el argumento: todo esto se ve en los primeros minutos del capítulo piloto; pero es desde luego un gancho irresistible que mantiene el interés a lo largo de toda la temporada.

Ni que decir tiene que por momentos la serie alcanza momentos de difícil credibilidad, pero si se aceptan las premisas de partida y se entra en este mundo de mentiras, falsas pruebas y sospechas, disfrutaremos enormemente, sobre todo por la magnífica actuación de Viola Davis, que además ha sido la primera afroamericana en ganar un Emmy. El premio es merecido, pues la implacable Annalise Keating, que con rotundidad explica a sus alumnos que "en los juicios no se cuenta la verdad, solo tu versión frente a la de los demás. Así funciona el sistema judicial. No importa qué es lo correcto o lo justo, sino quién es más convincente", muestra la cara real, pragmática y cínica, de ese sistema judicial americano que durante años el cine ha idealizado, pero que merece una revisión crítica. 
    

jueves, 31 de diciembre de 2015

Verde


Así que no les quedó más remedio que vender la antigua casa familiar.
La noticia fue recibida por todos con una callada hostilidad que se fue haciendo más y más notoria a medida que se evidenciaba que el silencio era la única respuesta posible. Su madre daba vueltas a uno de sus anillos con la barbilla levantada, su padre los miraba a todos y su tía, que agachó la cabeza en un primer momento, fue la primera en atreverse a musitar a su hermano:
-Menos mal que mamá ya no está aquí para ver esto.
Su madre no dijo nada, pero Nadja sabía que en el fondo culpaba a su marido. Los miró a los dos. Él buscaba ansioso cierto apoyo en alguna de las tres mujeres sentadas a la mesa y ella seguía concentrada en su anillo, evitando volverse hacia él porque sería incapaz de ocultar la recriminación que afloraría en el momento que él intentara de alguna manera justificar su actuación: sus inversiones bursátiles arriesgadas, la premura por recuperar las pérdidas del año anterior, la frenética actividad económica en un momento en que se aconsejaba prudencia y contención, la arrogante negativa a aceptar consejos de nadie, la terca insistencia en arriesgarlo todo para finalmente quedarse sin nada. Podrían haber vendido la casa del lago, prescindido de dos o tres de los coches y acostumbrado a un ritmo de vida más austero. Menos viajes, menos gastos, menos comidas multitudinarias, menos cuentas abiertas en boutiques y sastrerías. Pero su padre no podía permitirlo. Era un insulto a su apellido, a su labor como consultor, a su hombría. Una humillación pública inconcebible. Pero por evitar una salida digna en el momento idóneo no habían salvado nada de la quema y ahora se enfrentaban a la bancarrota sin paliativos. Tenían que prescindir de parte del servicio, abandonar el club de campo y vender la gran casa familiar, el orgullo de tres generaciones. La hombría de su padre estaba ahora debajo del felpudo.
Nadja no tenía nada que decir al respecto; era pragmática en extremo. Vender la gran casa que había pertenecido a la familia de su padre desde comienzos del siglo pasado se presentaba como la solución más lógica para escapar del descalabro absoluto. Recibirían varios millones por ella, saldarían todas las deudas y se trasladarían a una nueva residencia, más humilde pero decorosa, en un barrio más asequible, quizás en las afueras. Dejarían de ser ricos (al menos tan ricos) y solo perderían la casa con el cambio de estatus. Aparte de la dignidad, por supuesto.
Su madre parecía más afectada. A pesar de que no se trataba de la casa de su infancia (como sí le sucedía a los restantes integrantes de la familia, que habían vivido en ella desde que nacieron), ni de la residencia de su familia desde hacía más de cien años, su madre la había asumido como propia desde el momento en que se había convertido en la suya al casarse, y la había cuidado, mimado, reparado y atendido con el mismo primor y entusiasmo con que se había dedicado a su hija, a su marido y a toda su familia política, de la que ya solo sobrevivía su cuñada Anna. También esta se mostraba ofendida por las toscas intrigas de su hermano, que habían llevado el antiguo esplendor de la familia a aquella claudicación ominosa. En el silencio pesado que se había apoderado del comedor, su frase había quedado flotando en el aire y creciendo cada vez más hasta ocupar todo el espacio, repitiéndose maquinalmente en la cabeza de los presentes, hasta que Anna apostilló con una coda aún más hiriente:
-Ni papá tampoco, Walter. Le habría dado un infarto.

Los acontecimientos siguieron su curso. Apareció un comprador interesado que aceptó el precio propuesto y en tres semanas la casa había sido vendida y sustituida por otra más pequeña en las afueras. La mudanza se realizó deprisa, sin apenas tiempo para reflexionar ni lamentarse. La madre fue quien peor lo pasó; más que por la casa, a causa del jardín, del que había hecho su santuario. Siempre había tenido mano con las plantas y pasaba las horas muertas cuidando de los rosales, plantando flores de temporada, podando los espinos blancos o las hierbas aromáticas, regando el pequeño huertecillo de frutos rojos que había instalado en un rincón junto a la fuente. “Un jardín es fruto de la paciencia y la constancia”, repetía su madre a menudo, y su trabajo lo constataba. No bastaba con plantar una semilla: había que regarla, verla crecer, arrancarle las malas hierbas, podarla para que creciera fuerte y protegerla de las heladas. Quizás por ese motivo su madre estaba tan afectada. Más allá del apego que pudiera haber tenido por aquellas habitaciones de techos altos que había ido redecorando con tanto mimo a lo largo de los años, y por todos los muebles, adornos y cuadros que las habían vestido (objetos que se habían marchado con ellos a su nuevo alojamiento), lo que más sentía su madre como pérdida era la privación del jardín. Cierto que la nueva casa poseía un pequeño jardín en la parte trasera que resultaba mínimo en comparación con el que habían abandonado, pero que al menos le permitiría seguir ejerciendo su afición. Era un nuevo comienzo, un jardín por crear que abría grandes expectativas. Nadja, con toda su buena voluntad, le regaló unos bulbos de una variedad de narcisos que habían ganado un concurso internacional, pero su madre no se mostró muy entusiasmada con el proyecto.
No fue hasta unos meses después que Nadja comprendió el verdadero alcance de la pérdida.

Najda había tenido que acudir a su antiguo barrio por motivos de trabajo, y acabó pasando por delante de la casa. Recorrer la acera exterior a la casa era algo nuevo para ella, pues cuando vivían en ella, normalmente salían y entraban en coche y no pisaban la calle. El robusto muro que protegía el jardín no dejaba ver la casa, ni los ventanales de cristal que se abrían en aquella fachada del edificio. Nadja acarició la verdina que crecía en el muro, oculta tras la hiedra que caía en cascadas desde la parte superior. Recordó por un momento que la hiedra no había estado allí siempre; su madre la plantó hacía más de quince años para “vestir un poco el muro”, según sus propias palabras, que ofrecía una inhóspita apariencia con su frialdad de piedra. Era cierto: antes de la decisiva intervención de su madre, el muro, principal tarjeta de presentación de la casa y de la familia (dado que el edificio solo se podía entrever desde las rejas italianas del portón de entrada), desalentaba con su desagradable contundencia cualquier intento de acercamiento. Su rotunda presencia los mantenía alejados de las miradas curiosas de los extraños, pero también ofrecía una imagen distante y altanera de la familia, que evitaba con aquel telón granítico el contacto con los demás. Y ellos eran más humanos, más cálidos, más cercanos que esa muralla aplastante sobre la que no crecía ni un ápice de vida. Su madre le dio humanidad al muro por medio de la hiedra, y por extensión, a toda la casa.
Una lagartija salió corriendo al mover Nadja la rama donde se escondía y ella siguió su desplazamiento gracias al movimiento de las hojas por donde pasaba. Sí, una muestra más de vida. Pero la hiedra no había sido la única producida por su madre. Por encima del muro verdecido la copa de un sauce asomaba sus crestas despeinadas como la cabeza de una niña recién levantada. Exacto, recién levantada. La comparación era justa, su madre la usaba a veces cuando Nadja bajaba a desayunar sin haberse peinado: “te pareces a tu sauce”. Porque aquel era su sauce, lo habían plantado el día que nació. Tenía la misma edad que ella, y su madre se encargaba de repetírselo cuando estaban sentadas en el jardín frente a él.
-Ese sauce lo plantamos cuando naciste tú, y como te pasa a ti, cada año está más grande y más frondoso; lo tendrás toda la vida a tu lado si lo cuidas y no lo dejas enfermar. Cuando seas muy mayor, podrás descansar a su sombra y acariciar esas ramas, que tendrán tu edad.
Durante su adolescencia había sido muy sensible a esa relación, y le arrancaba las hojas secas y preguntaba a su madre si había llegado el momento de la poda. De alguna manera, había conseguido transmitirle su amor por la naturaleza y la jardinería, aunque en los últimos años estuviera aletargado. Seguía latente, a la espera de que llegara el momento de renacer.
Y fue entonces cuando comprendió todo el dolor de su madre. Un jardín es fruto de la paciencia y de la constancia, y aunque en el nuevo pudiera recuperar su afición, había dejado atrás su trabajo de toda una vida, un terreno que había moldeado hasta adquirir su apariencia actual, árboles y arbustos que habían tardado años en crecer, esquejes que no habían arraigado y que habían sido sustituidos por otros que en un principio no se había planteado pero que habían resultado ser los adecuados, combinaciones de colores en las plantas, gradaciones de tonos que había ido probando temporada tras temporada hasta alcanzar la configuración buscada. Un nuevo comienzo no le permitiría repetir todo aquello, pues no podía recuperar todo lo vivido. Atrás quedaban las hortensias de Anna, los rosales que había plantado la abuela y que su madre se había encargado de mantener, los setos de boj que rodeaban el banco preferido de su padre, su sauce despeinado. Un sauce bajo el que ya no se sentaría jamás.
Sintió la pérdida entonces, como quien recuerda que se ha dejado un objeto querido en un hotel tras un largo viaje, consciente de la incapacidad de recuperarlo. Se había dejado atrás su sauce al hacer su equipaje. Las ramas del árbol, movidas por el viento, ondulaban por encima del muro, y Nadja las miraba con los ojos húmedos por primera vez desde que vendieron la casa. Las hojas brillaban con cada nuevo movimiento, y su color resplandecía y contrastaba con el de la hiedra que se interponía entre ellos. Del color de las uvas, del color de la hierba del vecino.



Verde.